jueves, 13 de junio de 2013

Las palabras en la poesía

Hoy les propongo pensar en las palabras, jugar un poco con ellas. Para eso, trataremos de ir más allá de su primera manifestación, en forma de líneas rectas y redondeadas dibujadas sobre el papel o una pantalla si es la palabra leída, o su fonética, si es la palabra dicha de viva voz.
También tendríamos que soslayar el enorme peso simbólico que tienen las palabras. Si yo digo bandera estoy hablando de un pedazo de tela pero también estoy hablando de patria, de nacionalidad, de identidad.  Como el rojo de un semáforo que se despliega en múltiples significados todos ellos asociados con el peligro.
Imaginémonos esta vez que las palabras son corpóreas. Que tienen volumen, color, olor, textura. Es más fácil si lo hacemos con una poesía porque esa es parte de la magia de la poesía, poner la palabra como protagonista de todos nuestros sentidos.
Cuando José Agustin Goytisolo dice, por ejemplo, Tú no puedes volver atrás/porque la vida ya te empuja/como un aullido interminable me imagino la vida bloqueando mi camino de retirada, la vida impidiendo mi retroceso con la fuerza de un viento que me empuja hacia adelante.
Pablo Neruda lo expresa maravillosamente cuando escribe: Yo tomo la Palabra y la recorro/como si fuera solo forma humana,/me embelesan sus líneas y navego/en cada resonancia del idioma. Hasta aquí el poeta. Cierro los ojos y puedo sentir las voluptuosidades de las palabras, como el contorno de una figura.
Hay poesías que nos hacen sentir blancas, como cuando Alfonsina Storni dice: Tú me quieres alba,/me quieres de espumas,/me quieres de nácar. Hay otras que nos hacen experimentar la soledad de una calle de barrio como cuando Olvierio Girondo escribe: Abajo: en la penumbra,/las amargas cornisas,/las calles desoladas,/los faroles sonámbulos,/ las muertas chimeneas/los rumores cansados,/desesperadamente.
Y algunas palabras en la poesía se vuelven livianas, tan livianas que se despegan del papel y se hacen música en la voz de Eladia Blazquez cuando canta Con las alas del alma/desplegadas al viento.
Pero a la hora de hablar de las características de la poesía, lo primero que se impone es la diversidad. La poesía es una rama del arte que es muy versátil, por eso resulta tan difícil ensayar definición precisa y exhaustiva de sus principales características. La producción poética varía de acuerdo a la época, la región geográfica y las influencias de cada autor.
Pero también es cierto que podemos leer un texto y clasificarlo como una poesía. Esto es porque existe un hilo común en todos los poemas.
Los mismos suelen ajustarse a ciertas normas formales, relacionadas con los versos, las estrofas y el ritmo. Estas características conforman  una  métrica de la poesía, a través de la cual los autores vuelcan sus recursos literarios y estilísticos.

Pero si tenemos alguna duda de qué es la poesía, cerremos los ojos y tratemos de sentir la palabra poética con el tacto, el olfato, el gusto más allá de la vista y el oído. Esa palabra inundará nuestros sentidos y será color, será forma, será textura y aroma. ¡Dispongamos entonces todo nuestro cuerpo para disfrutarla!
Natalia Peroni

martes, 11 de junio de 2013

Palabras, palabras, palabras

Hoy les propongo que hablemos de las palabras. ¿Cuántas palabras usamos habitualmente?
En una entrevista que le hicieron a Marco Martos, presidente de la Academia Peruana de la Lengua dice que en promedio las personas hablantes usamos 300 palabras para comunicarnos. A pesar de que existen 238.000!! O sea que usamos 0,10% de las posibilidades que nos da el idioma español.
Obviamente este porcentaje difiere depende de la persona:
·        Una persona culta e informada usa unas 500 palabras.
·        Un escritor o periodista puede usar unas 3.000.
·        Cervantes usó 8.000 palabras diferentes en su obra.
·        El diccionario de la Real Academia Española define unas 88.500 palabras.
·        Un diccionario común y corriente no llega a la mitad.
·        La RAE catalogó un total de 270 millones de registros léxicos.

Martos nos cuenta que el idioma es un organismo vivo “quedarse en el pasado significaría convertir al español en una lengua muerta” comenta.  Ante la pregunta sobre quiénes son los grandes alimentadores del idioma, responde enfáticamente, “el pueblo”.

Dice que después del inglés el español es la lengua más sólida del planeta. Tiene una capacidad enorme de españolizar palabras de otros idiomas o de rechazarlas si no le sirven. Y comenta que la globalización hace que las palabras viajen y se den a conocer más rápidamente. Que el miedo al habla de los jóvenes es injustificado pero que siempre ha existido, incluso en la época de Cervantes. Y nos aclara que la ventaja que tiene el habla culta es que uno se puede comunicar con más personas en cualquier lugar del mundo.

Ante la pregunta de si la Academia admite palabras u omisiones que antes se consignaban como errores aclara: “La academia no es un juzgado. Recomienda,  pero a ningún ciudadano se le puede obligar a hablar o escribir correctamente.”  

Finalmente dice que la comunicación por Internet, los mensajes de texto, son abreviados.  “Los mensajes del celular son los telegramas de nuestros días” define. “Buscan la inmediatez, usan símbolos, números, pero que así fue el surgimiento del lenguaje hace tres mil años antes de Cristo en Sumeria, dibujaban y luego vinieron las abstracciones.”

Y luego también vino la magia y la cadencia que algunos logran al entrelazarlas. Como aquí, en el fragmento de este poema de Pablo Neruda que se llama Las Palabras que comparto con ustedes querido oyentes:

“Persigo algunas palabras...
Son tan hermosas que las quiero poner en mi poema.
Las agarro al vuelo cuando van zumbando,
y las atrapo,
las limpio, las pelo,
me preparo frente al plato,
las siento cristalinas,
ebúrneas,
vegetales, aceitosas,
como frutas, como algas,
como ágatas, como aceitunas...
Y entonces,
las revuelvo,
las agito, me las bebo,
las trituro, las libero,
las emperejilo...
Las dejo como estalactitas en mi poema,
como pedacitos de madera bruñida,
como carbón,
como restos de naufragio,

regalos de la ola.
Todo está en la palabra”
Vicky Detry

lunes, 10 de junio de 2013

Escándalos de la razón

La palabra escándalo genera una suerte de atención mediática instantánea. Los escándalos venden. Muchas veces se fabrican y otras simplemente suceden. De ambos por igual, se nutren muchas de las publicaciones graficas, los noticieros televisivos y los programas periodísticos que poco se resisten a este fenómeno.
Etimológicamente, el origen de la palabra escándalo se remite a skándalon, que significa trampa u obstáculo donde alguien tropieza. Por eso hoy nos vamos a referir a un tipo de trampas particulares, las de nuestra razón, de nuestra mente o como queramos referirnos a esa parte de nuestro yo que piensa, que razona, que medita o que especula. Todas estas actividades propias de la razón.
Durante muchos siglos hemos cultivado una gran confianza en la razón. La búsqueda de la verdad era la tarea más perfecta que ella podía realizar; sin embargo, esa confianza en la razón tiene límites -tanto para la filosofía como para la ciencia- porque el conocimiento no siempre es lineal ni certero. Por el contrario, cuando el hombre se aventura en asuntos de profundidad, hay un punto ciego, un resquicio en la arquitectura conceptual, por el cual se cuela la incertidumbre, lo misterioso, lo incomprensible; en suma, los “escándalos de la razón”, en el decir de Borges.
Pero Borges no fue quien hizo famosa esta frase. Fue Kant, en un análisis minucioso de la razón que dio lugar a una de las teorías filosóficas más influyentes de la modernidad.
El escándalo de la razón para Kant, surgía de la posición de algunos filósofos de no admitir la existencia de las cosas fuera de nosotros, que es la posición propia del idealismo subjetivo y que conlleva inevitablemente el solipsismo. Kant le está hablando a aquellos que dudan de la realidad de las cosas, aquellos que piensan que el mundo exterior no existe, salvo en nuestra mente. No podemos afirmar nada sobre su existencia. A eso Kant lo llama escándalo de la razón.
Borges era un buen lector de filosofía. Pero sobre todo, era capaz de plasmar los más intrincados problemas filosóficos en relatos de una calidad y belleza inigualables.
En uno de sus cuentos titulado La otra muerte, publicado en 1949 especula sobre si la muerte de un tal Pedro Damian, fue un acto heroico o una muestra de cobardía. “He adivinado y registrado un proceso no accesible a los hombres, una suerte de escándalo de la razón”[i], dice Borges.
Cristina Bulacio, filósofa argentina, escribe en su libro “Los escándalos de la razón en Jorge Luis Borges”: Esta frase de Borges alerta al lector sobre un particular "escándalo de la razón", es decir, sobre diversas situaciones en las cuales nuestra razón -limitada y finita- no encuentra explicaciones plausibles. Este proceso “no accesible” al hombre, dada su natural limitación, abre una nueva perspectiva sobre el deslizamiento de Borges hacia la ficción.
Muchos de los escritos de Borges despliegan paradojas y contradicciones que representan límites a la razón que no pueden ser zanjados en el plano puramente racional.
Como seguramente nos pasa en algunas oportunidades a muchos de nosotros que nos quedamos atónitos sin poder encontrar explicaciones o razonamientos a muchas de nuestras experiencias. Y que se nos presentan como un escándalo, un escándalo casi privado.
Un escándalo sin publicidad ni promoción. Una trampa que debilita un andamiaje que suponemos muy firme, un obstáculo en nuestra cadena de razonamientos que se enlazan como causas y efectos.
Un escándalo que nos deja sin palabras. Pero que para algunos –como Borges- constituye una inagotable fuente de inspiración.
Natalia Peroni



[i] Borges, La otra muerte. El Aleph, Bs. As 1949

viernes, 7 de junio de 2013

Programación para ser felices

Hoy les propongo que hablemos sobre el efecto que nos causa lo que vemos o escuchamos. Se me ocurrió compartir este tema con ustedes en relación a una noticia fea que leí en un diario. Era sobre un perro que había sido brutalmente vejado y maltratado. Lo primero que me pasó es que fruncí el ceño e hice un gesto de disgusto con la cara seguida por un encogimiento de hombros  y una exclamación como de dolor. Las malas noticias provocan una reacción hasta física en nosotros. Y si uno está constantemente expuesto a cosas malas comienza a sentir como un peso en los hombros, dureza en el cuello y un malestar general. Lo mismo ocurre si comenzamos a escuchar buenas noticias o ideas positivas. Nuestro cuerpo acusa recibo rápidamente de la felicidad o de la buena onda, como se dice en la actualidad. Fíjense qué pasa cuando están enamorados o cuando les dan un premio por algo o cuando los felicitan por un trabajo bien hecho o cuando les dicen un piropo. La sensación es que el pecho se hincha, pareciera que uno respira más profundo.  La sonrisa se dibuja en la cara y provoca que la gente que está alrededor nuestro lo note y muchas veces hasta pregunte qué nos está pasando que estamos tan lindos o tan contentos.  
Se han realizado diversos estudios en relación a cómo nos influye el ambiente o los factores externos. El psicólogo John Bargh realizó un experimento en relación a esto. Citó a una serie de personas y les dijo que les iba a tomar un test sobre lenguaje.  Les dio una lista de palabras para armar oraciones en el menor tiempo posible. Entremedio de otras estaban las palabras: preocupación, viejo, soledad, gris, bingo, Florida y arruga. Las personas que hicieron el test, al terminarlo, salieron caminando más despacio de lo que ingresaron.  En realidad lo que el psicólogo quería lograr al exponerlos a estas palabras era que las personas pensaran en estar viejos. Al ser expuestos durante un período de tiempo a estas palabras comenzaron a actuar “de viejos”.
Este mismo psicólogo realizó el experimento  con diferentes palabras. En una ocasión le dio a un grupo de estudiantes una lista para hacer oraciones con las palabras rudo, molestar, disturbio, intrusivo, agresivamente, arriesgado e infringir. Al salir del test debían pedirle información acerca de cómo seguir a una persona que se mostraba a propósito, ocupada,  charlando con alguien sin prestarles atención.  Los estudiantes “programados” con palabras de agresividad interrumpían de manera agresiva en 5 minutos promedio. Lo mismo se hizo con otro grupo de estudiantes pero con palabras de respeto y amabilidad y en un 82% no interrumpieron a su interlocutor.
El doctor Bargh comenta que uno no puede programar a una persona para que cuente sus cosas íntimas o revele secretos pero si se puede lograr que uno se predisponga  mentalmente de determinada manera. Se realizó otro experimento con jóvenes a los cuales se les tomó un test con preguntas pero primero se les pidió:  a un grupo que pensaran qué significaría ser un profesor y que lo escribieran. Al otro grupo le pidieron que pensaran y escribieran sobre los hooligans que son los barrabravas ingleses. Luego les tomaron el mismo test con 42 preguntas a cada uno. El primer grupo respondió bien las preguntas en un 56%, en cambio del segundo grupo sólo lo hizo bien  42%.
Lo más impresionante de estos experimentos es que en ningún caso las personas evaluadas se dieron cuenta de cuál era el experimento real y de cómo había afectado su comportamiento.  Malcolm Gladwell en su libro Blink,  donde cuenta estos experimentos, dice que el resultado de todos estos tests es por demás perturbador y significa que estamos mucho más susceptibles a las influencias externas de lo que creemos.  Que aquello que miramos o escuchamos o hasta las cosas que nos dicen nos influye.  Seamos conscientes de esto o no.
Lo mejor de esta investigación es que ahora lo sabemos.  Así que de alguna manera podemos controlarlo, entre comillas: cambiar de canal cuando escuchamos una noticia fea, decirle al otro que preferimos no escuchar la parte aterradora de un cuento, leer libros que nos hacen bien al alma, estar con gente positiva. No quiere decir negar la realidad que nos rodea sino rodearnos de cosas buenas y protegernos. Predisponernos,  como dice el doctor Bargh, para sortear mejor lo malo, alimentarnos de cosas para vivir mejor.

Y ustedes queridos oyentes ¿en qué grupo están? ¿Predispuestos para lo malo o lo bueno siempre les gana? 
Vicky Detry

miércoles, 5 de junio de 2013

150 amigos

Si ustedes como yo, escuchan radio en el auto mientras manejan, sabrán disculpar  que no haya podido retener el sitio web donde podría haber chequeado estos datos que hoy quiero compartir en este nuevo encuentro de De buenas a primeras.
Aparentemente, según una encuesta bastante representativa, uno podría encontrarse en la calle y reconocer el nombre de 150 personas que a su vez reconocerían el nuestro. Estas 150 personas, que la encuesta denominada amigos, no tenían a veces relación con aquellos amigos virtuales ni seguidores de redes sociales. Solamente determinaba la cantidad media de personas que reconoceríamos por su nombre y por quienes seríamos reconocidos.
Este número, por otra parte, no parece caprichoso, o casual. Es una cantidad razonable de personas con las cuales uno puede relacionarse socialmente de manera más o menos cercana. De hecho, algunas tribus amish dividían la comunidad cuando sus miembros alcanzaban este número para que pudieran seguir creciendo dos comunidades separadas en forma más saludable. Hasta 200, por otro lado, era el número recomendado para las compañías de guerra en algunos ejércitos.
Me puse entonces a pensar cuál era la cantidad de personas a quien yo reconocería en la calle por su nombre y por quienes a su vez, sería nombrada. Mi familia, que es numerosa, por supuesto. Conté unas 45 personas. Amigos que veo asiduamente suman alrededor de 30 personas más. Del colegio, creo que no reconocería a más de 6 o 7 habida cuenta la cantidad de años que  pasaron desde que terminé esa etapa. Repasé otros lugares de estudio por los cuales transité durante mi juventud y adultez, sumé otras 30.
Lugares de trabajo, clientes cercanos y compañeros de ruta en diversas actividades profesionales sumaron otras 30 personas. Gimnasia y otras actividades recreativas agregaron 8 personas a la lista.
Poco más de 150 sin contar vecinos, amigos de mi hija, el sodero que concurre puntualmente a mi casa los lunes y que seguramente me colocarían dentro de la media de las personas en cuanto a su forma de relacionarse socialmente. No es difícil estar en la media, pensé, por algo camino cómoda en la vida sintiéndome a gusto con la mayoría de la gente.
Hay, por supuesto, gente que reconozco en la calle aún sin saber su nombre. Conozco los porteros de la cuadra, la cajera del supermercado, los chicos de la estación de servicio y hasta algunos policías cuando permanecen en el barrio por un tiempo.
Pero esas 150 personas con las cuales hipotéticamente me encontraría en la calle y sabría sus nombres y ellos el mío, esas 150 personas son una red de contención que hace la diferencia entre vivir en Buenos Aires o en el exilio.
Más o menos cercanas a mi estarían disponibles 150 pares de ojos que me mirarían con más atención que a un desconocido, 150 pares de brazos que podrían sostenerme con más o menos firmeza, 150 pares de orejas que me escucharían con más o menos paciencia y 150 bocas que me darían una palabra de aliento.
150 amigos, más o menos cercanos, con quien podría sentarme a tomar un café. Porque definitivamente creo que de quien recuerdo su nombre y por quien a su vez me siento reconocida, de esa persona recibo una cuota de afecto que bien vale la pena compartir con un café.

Les propongo pensar en su red de contención; quizá, como yo, les provoque una sonrisa pensar en la suerte de contar con un promedio de 150 personas para saludar en la calle.
Natalia Peroni

martes, 4 de junio de 2013

Escenas bizarras

Quería contarles una escena de tinte surrealista de la que fui testigo casual hace unos días, y que me dejó, al mismo tiempo, pensativa y sonriente.
Resulta que, terminada mi jornada de trabajo, me dirigía por la calle Esmeralda, en pleno microcentro, hacia la esquina de Corrientes y Alem. Iba con paso apurado, porque a las cinco de la tarde el ritmo general de la ciudad se acelera con la ansiedad que solemos sentir por llegar a nuestras casas después de los trajines del día.
En eso estaba cuando mi atención fue atraída por lo siguiente:
En una de las dos mesas que había situadas sobre la vereda y que pertenecían a uno de los tantos bares y cafés que engalanan Buenos Aires, vislumbré primero el perfil de un hombre bastante mayor que parecía sacado de algún antiguo arrabal. Desaceleré mi andar para observarlo -con disimulo para no incomodarlo- y pude ver sus manos huesudas y largas sosteniendo un cigarrillo al que daba pitadas profundas y rítmicas con los ojos entrecerrados por el humo. Mientras tanto, le hablaba con total naturalidad a una mujer ubicada en la otra mesa, a una distancia muy corta.
Ella rondaba los sesenta años, vestía de negro, tenía el cabello platinado sujeto en un rodete tirante, usaba un maquillaje exagerado y algo corrido a esa hora del día, y lucía un escote profundo. Su rostro estaba prácticamente inmovilizado por el botox, sus labios parecían a punto de estallar en una mueca similar a la que precede al llanto, y sus pómulos esculpidos creaban una extraña ilusión óptica respecto de las proporciones reales de su rostro. Su postura era erguida, y comía una frugal ensalada verde sin mirar el plato ni los cubiertos, fijando la vista en algún punto situado a lo lejos, escondidos sus ojos detrás de unos enormes anteojos espejados.
El hombre seguía con su monólogo, claramente dirigido a ella. Me ubiqué en un lugar desde donde podía mirar sin ser vista, y seguí el desarrollo de la escena, hipnotizada por estos dos personajes insólitos.
Él, jugueteando con el pañuelo que le rodeaba el cuello y a veces también con algún mechón rebelde escapado de la gomina con que sujetaba unos rizos casi blancos, le suplicaba, seductor y en plan de conquista, que se dignara responder a la adoración que sentía por ella (usó la palabra adoración, por eso la cito); que al menos se quitara los anteojos y le dirigiera una mirada; que hiciera un gesto ínfimo y entonces él volaría hacia su mesa para seguir admirando esa belleza que lo volvía loco…
El hombre ensalzó la voluptuosidad de su boca, desgranó alabanzas hacia el escote imponente, idolatró el cabello de la rubia y hasta deslizó un comentario de admiración por los pies de la dama, apretados en unas sandalias doradas altísimas y envueltos en medias transparentes. Claramente, si había reparado en los juanetes de su amada, los obvió por completo.
Ella no cambió su postura, ni alteró sus movimientos, ni se quitó los anteojos ni acusó recibo de ninguno de los intentos del arrabalero por captar su atención o conquistar su amor. Siguió comiendo su ensalada verde, impávida, mientras su Romeo fumaba un cigarrillo tras otro y la miraba extasiado, regalándole palabras de amor y de deseo que se estrellaban contra la indiferencia absoluta de la mujer.
Sonó la bocina de un colectivo y me sacó violentamente de mi ensimismamiento. Me sentí una intrusa espiando aquel pequeño drama y retomé mi camino.
Y me quedé pensando en la inmensa variedad de matices que tienen los colores de cada vida, de cada historia, de cada encuentro y desencuentro entre las personas. Así como al principio me habían movido la curiosidad y cierta diversión al observar a estos dos seres un poco grotescos y tan desangelados, me permití también experimentar la ternura y la admiración por la perseverancia sin fisuras de aquel Romeo anacrónico, y por la estudiada coquetería de aquella sesentona con aire de antigua vedette, solísima en su mesa, perfectamente consciente de los embates de su admirador, pero actuando magistralmente un total desinterés.
Supe luego –porque me lo contó el mozo del bar- que la escena se repite cada día, sin variaciones. “Menos cuando llueve”, me aclaró. Y entonces me invadió la angustia. ¿Qué será del arrabalero y de la voluptuosa platinada cuando llueve? ¿Qué será de uno sin el otro, sin esa preciosa rutina con la que quizás curan sus heridas más profundas? Tal vez maldigan la lluvia o quizás no; quizás la lluvia les renueve las ganas de encontrarse otro día, en la misma vereda, en las mismas mesas, para recomenzar esa rutina que –también quizás- los redime y los salva del espanto.

Y ustedes, queridos oyentes, ¿han sido alguna vez testigos de escenas que los descolocaron por alguna razón? ¿Qué sintieron al presenciarlas?
Clarina Pertiné

lunes, 3 de junio de 2013

10 errores que hacen que una persona no sea un buen líder

Hace poco hablamos de las características que tiene que tener un líder y leyendo el libro de Napoleón Hill “Piense y hágase rico” encontré los 10 errores que hacen que una persona no sea un buen líder. Me pareció interesante compartirlo con ustedes así que aquí van:

1.    Falta de capacidad para organizar detalles: Todo buen líder debe saber organizar y dominar todo tipo de detalles o delegar a ayudantes competentes.
2.   Poca voluntad de prestar un servicio humilde: Un buen líder  debe ser capaz de ejecutar cualquier tipo de trabajo que exigiría a otro hacer.
3.    Esperar una recompensa por lo que sabe: en lugar de por lo que hace con lo que sabe. El mundo está lleno de personas totalmente inteligentes y llenas de conocimientos; pero aquellos líderes verdaderos son los que fueron capaces de utilizar todos esos conocimientos y hacer algo con ellos.
4.    Temor a la competencia de los seguidores: Un líder que tema que en algún momento alguno de sus seguidores pueda ocupar su cargo, tiene por seguro que esto sucederá en algún momento. Un buen líder sabe aumentar la eficiencia de los demás y los induce a mejorar y rendir más. No se amedrenta con el conocimiento de otro.
5.    Falta de imaginación: si no tiene imaginación es imposible que pueda generar planes de acción o hacer frente a crisis para guiar a sus seguidores de manera eficaz. Un buen líder debe saber reaccionar de forma correcta para hacer frente a cualquier problema.
6.   Egoísmo: una persona egoísta que reclame para sí mismo todos los honores del trabajo de sus seguidores sólo encontrará resentimiento en las personas que trabajan para él y nunca lealtad.
7.   Intemperancia: Para ser un buen líder hay que controlar el carácter y no estallar por cualquier cosa ni perder los estribos.
8.   Deslealtad: Cualquier líder que no sea fiel a la confianza que depositan en él sus seguidores, no va a durar mucho como líder.
9.   Énfasis de la autoridad por sobre el liderazgo: saber estimular e inducir a las personas a ser más eficaces en lugar de estar inyectándole temor a los mismos y usar su posición y abusar de ella
10.  Énfasis en el título: Un líder competente no requiere ningún título que le gane el respeto de sus seguidores. Las puertas de un buen líder están siempre abiertas a todos sin necesidad exigir que las personas se pongan a su altura.

Hasta aquí los dichos de Napoleon Hill. Yo agregaría un error más para no ser un buen líder y es no escuchar a los demás. Aislarse y mantenerse sólo en la cumbre de la montaña o del éxito es un error común de los jefes o los dirigentes. Pero definitivamente no es una buena práctica para ser un buen líder.


Queridos oyentes ¿y ustedes? ¿son buenos líderes?
Vicky Detry